"A imaxe é o vehículo da emoción, é a súa enerxía, e con ela facilítase o acceso á consciencia, é dicir, que toda emoción é factible de transformarse nunha imaxe. Toda imaxe conforma un acto creativo e é por iso que o inconsciente fundamenta a creatividade"
C.G.Jung

“Desde el punto de vista espiritual, el viaje no es nunca la mera traslación en el espacio, sino la tensión de búsqueda y de cambio que determina el movimiento y la experiencia que se deriva del mismo”.
“En consecuencia
estudiar, investigar, buscar, vivir intensamente lo nuevo y profundo, son modalidades de viajar o, si se quiere, equivalentes espirituales y simbólicos del viaje”.
J.E. Cirlot

viernes, 15 de noviembre de 2013

ENIGMÁTICO CIRLOT VI










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CIRLOT CUÁNTICO
Gregorio Morales
A estas alturas, ya no cabe la más mínima duda de que Juan Eduardo Cirlot se adelantó a su tiempo; o bien permaneció tan absolutamente fiel a su evolución, que forzosamente tuvo que ser malinterpretado o incomprendido de sus coetáneos, para quienes ni revolución científica ni psicológica habían tenido lugar. Es sólo ahora, desde la perspectiva de la estética cuántica, que asume lo más nuevo y fecundo de esas revoluciones aún en curso, cuando sabemos hasta qué punto estaba al tanto Cirlot de cuanto ocurría más allá de nuestras fronteras, conociendo no sólo la más subversiva literatura europea (así, el Surrealismo), sino también la psicología y la ciencia pioneras, de donde derivó enormes consecuencias para su obra. Por ello, todo cuanto salía de su pluma resultaba ajeno, extraño, misterioso o indiferente para los cultos de su tiempo. No podemos olvidar que fue el mismo Cirlot quien, con el dinero de su bolsillo, se tuvo que pagar la primera edición de casi todas sus obras poéticas. Si a esto le añadimos que no tuvo seguidores, su soledad y aislamiento (en un sentido espiritual) resultan notorios. Sólo ahora comienza a ser apreciado, lo que implica que era uno de esos raros hombres que tienen la gloria, junto a la desgracia personal, de escribir para el futuro. Su manera de enfrentarse a la literatura, a sus formas y contenidos, es vista en estos momentos como una solución originalísima a los retos que plantea un nuevo paradigma.
Cirlot supo aunar de una manera inédita la tradición intemporal de la literatura y lo más renovador del siglo XX. Por ello, no es extraño que la estética cuántica lo declare como uno de sus precedentes. La mayor parte de cuanto preconiza esta estética, ha sido utilizado por él y, además, deliberadamente. No estamos, pues, ante un mero inspirado o insuflado por el más fiel espíritu de su tiempo, sino, además, ante un conocedor, un teorizador, es decir, un sujeto a la par vividor e ilustrado, sanguíneo y reflexivo. Primero, Cirlot vivía sus experiencias; luego, las plasmaba en poemas o las glosaba en escritos.
El adelantado.
No es éste el lugar para enumerar todos y cada uno de los postulados que vindica la estética cuántica [1] , aunque sí nos referiremos a los que confluyen en la obra de Cirlot. El hecho de que aún hoy, tanto por su complejidad como por su desconocimiento, resulte dificultoso explicar algunos de ellos, nos habla del largo trecho que Cirlot recorrió a contracorriente.

Que Cirlot conocía la física de su tiempo resulta evidente. Si no, no se habría atrevido a afirmar, hablando del realismo pacato que primaba en su tiempo y en la amenaza que el Surrealismo representaba para él, que “es a los físicos a quienes habrá que temer con mucho más motivo que a los surrealistas” [2] . Es decir, Cirlot se había percatado de las cataclismales consecuencias que la nueva física traía, llevándose en un tempentuoso vendaval “la débil llama del arte al uso de los venerables burgueses” [3] . Entre esas consecuencias debemos citar:
a) El observador interviene siempre en el acto de medición, por lo que condiciona la realidad. De este modo, los físicos han comprobado cómo las teorías más abstractas se parecen sospechosamente a nuestra psique y han elaborado el término principio antrópico. Dicho en pocas palabras: El hombre se refleja en todo cuanto observa. Cirlot ya sabía esto al considerar que la realidad podía ser contemplada como espejo, aunque él, desde luego, prefería verla como una ventana abierta a lo ignoto. Probablemente, ambas cosas estén unidas y sean a la par espejo y ventana. De lo que Cirlot rehuía absolutamente era de la realidad vista como muro, es decir, como barrera donde se estrella toda indagación. Más adelante volveremos a referirnos a ello.
b) Pero el hombre no sólo se refleja en sus observaciones, sino que es él quien crea la realidad que ve. Así, según Schroëdinger, existen numerosos mundos paralelos, todos potencialmente posibles, siendo el espectador el que, con su observación, filtra o convierte en acto uno de ellos. Pues bien, la mirada de Cirlot es lo suficientemente aguda para penetrar en esos mundos que no son pero que han podido ser:
La dispersión de un campo que no fue
me indica sus caminos de extravío,
sus horizontes otros en los que. [4]
Tanto el hecho de que el hombre convierta en acto uno de los potencialmente infinitos mundos, como el que condicione cualquier observación, nos llevan a la conclusión de que no puede evitar ser el centro del universo, no sólo porque se refleja en él, sino porque, en realidad, está construyéndolo. Retorna, pues, también por el camino de la ciencia, al puesto que comenzó a perder desde Galileo. Por otra parte, la realidad objetiva newtoniana deja de existir: El mundo es el psiquismo del hombre.
c) A y no A pueden existir al mismo tiempo, como nos muestran los principios de complementariedad e incertidumbre, así como el denominado pensamiento borroso, lo cual echa por tierra cualquier estereotipo esquemático para ir a la complejidad profunda de cuanto nos rodea. Así Cirlot, frente a la tradicional disyunción de Shakespeare to be or not to be, proclama:
...Ser y no ser
unidos en lo gris donde la mezcla
eleva su castillo sin sonido... [5]
Y más adelante:
 

Estoy cansado de estar muerto y ser. [6]
 
No se podían seguir más fielmente los preceptos del pensamiento borroso: Somos y no somos a la vez. Probablemente, Cirlot debió de intuir la importancia que iba cobrando el pensamiento binario, hasta llegar a esta época en que lo domina todo, y tomó este camino rebelde en conjunción con la física, para la cual un corpúsculo puede comportarse a la par como onda y como partícula, o estar en dos partes simultáneamente.
d) El experimento de Aspect realizado en 1982 (volveremos a referirnos a él más adelante) puede llevar a la conclusión de que existen velocidades superiores a las de la luz, de modo que haya una comunicación instantánea entre las partes más alejadas del universo. Esto conecta con la teoría de la inseparabilidad: Desde un punto de vista cuántico, el universo es un fluido en el que todo, desde lo más lejano a lo más cercano, se halla interconectado. Hasta tal punto sabía esto Cirlot que se permitía permutar unos elementos por otros, con la certeza de su profunda relación.
e) Las formas de este mundo, tanto las materiales como las psíquicas, están informadas por los denominados campos morfogenéticos, donde se acumula la memoria bien del objeto bien de la especie. Desde un punto de vista junguiano, esto sería similar a la teoría de los Arquetipos.
 
Asumir todas estas consecuencias, produce una auténtica revolución en el arte y en la literatura. No es de extrañar, por tanto, que la ciencia adquiera actualmente, en una suerte de venganza pendular, un papel amplificador, contrario al reductor que tuvo desde los tiempos de Galileo. Es comprensible, pues, que la ciencia desempeñara para Cirlot un papel fundamental y que este papel lo refleje en su poesía:
 
...No busques mi cabeza en la maleza,
busca mis verdes ojos en los rojos
confines del cristal y del metal. [7]
 
¡En los confines del cristal y del metal! Es decir, más allá de la materia visible, en sus fronteras, en el mundo borroso cuántico.
Que Cirlot busca antes lo físico que lo metafísico, nos lo manifiestan estas palabras suyas en su artículo “La mirada humana” [8] :
 
Edgar Poe, en su “Eureka”, explica lo físico por lo metafísico, la gravitación por el sentimiento y la oscura voluntad de retorno a lo Uno.
 
Dicho en otras palabras: Lo físico puede dar cuenta de lo místico; la ley de la gravitación, del sentimiento o del amor.

Por eso, aunque tal y como hemos señalado anteriormente, hay quienes ven las cosas que nos rodean como muro o espejo, para Cirlot, como para el científico, constituyen una ventana abierta hacia otras dimensiones [9] . Pues bien, si hay una caracteristica sobresaliente en la estética cuántica, es ésta: Las cosas permanecen abiertas a su interpretación más honda, más oculta. Justo al contrario del realismo plano decimonónico (hoy llamado realismo a secas) que, viendo las cosas como muro, se estrella continuamente contra ellas.
Para Cirlot, pues, las cosas son una ventana. Y la forma de viajar a través de ella es mediante la fantasía. En realidad, la ciencia se nutre de la fantasía. Sin ella, no existirían las teorías científicas y mucho menos las subatómicas. Por eso, nuestro autor piensa que “la fantasía es la facultad más científica” [10] . Y lo piensa hasta tal punto, que llega a identificar imaginación y realidad. Es más, en su opinión, a veces la primera puede ser más real que la segunda. Así lo manifiesta respecto del arte y de la literatura, cuya realidad ensalza por encima de la de las cosas:
 
Los “sentimientos imaginarios” resultan (...) no en un nivel inferior de los sentimientos normales, sino superior. [11]
 
Desde luego, Cirlot llega lo más lejos que puede llegarse, coincidiendo tanto con Giordano Bruno como con Nerval en que todo lo mental es real, es decir, que todo cuanto puede ser pensado existe, aunque, por desconocimiento, nos cueste trabajo concebir determinados aspectos. Resumiento con la cita que él mismo recoge de Nerval: “La imaginación humana no ha inventado nada que no sea real, en este mundo o en los otros.” [12] Es decir, Cirlot realiza una inversión absoluta, entronizando la imaginación en el papel que sus contemporáneos asignaban a la realidad. Por ello es un declarado enemigo de las palabras de Mallarmé que afirman que “la poesía no se hace con ideas, se hace con palabras”. Cirlot piensa lo contrario: La poesía se hace con ideas, es decir, con la imaginación, con la fantasía.
En opinión de Cirlot, hay ideas de pensamiento e ideas técnicas (también llamadas “figuras literarias”), entre las que incluye el ritmo, la medida, la rima, el paralelismo, la estrofa, la aliteración, la homofonía, así como la poesía combinatoria y permutatoria. De este modo, actúa científicamente: Primero, una gran teoría; después, la práctica o experimentación.
Por tanto, primero ‑y siempre‑ la idea: “Sólo es gran arte el que sabe inventar procedimientos que expresen inéditamente las nuevas situaciones espirituales que ‘encuentra’ el hombre en su evolución, las cuales pueden cristalizar en ‘ideas temáticas’, sin que éstas deban imponerse, sino inversamente, a la belleza dimanada de los procedimientos.” [13]

La frase subrayada es importante no sólo porque nos indica que Cirlot buscaba la belleza en su obra, sino porque relaciona la belleza con los procedimientos. Dicho de otra manera: Si los procedimientos son adecuados a la idea, entonces surgirá la belleza. La belleza es, por tanto, la prueba de la perfecta conjunción entre idea y forma. Pues bien, lo anterior no puede estar más cerca de la física subatómica, para la cual la belleza es una prueba evidente del acierto de sus teorías. Así, el físico Stevens Weinberg afirma que "cuando estudiamos problemas verdaderamente fundamentales es cuando esperamos encontrar respuestas bellas. Creemos que si preguntamos por qué el mundo es como es, y luego preguntamos por qué la respuesta es la que es, al final de esta cadena de explicaciones encontraremos algunos principios simples de belleza irresistible. Pensamos que esto se debe en parte a que nuestra experiencia histórica nos enseña que cuando buscamos bajo la superficie de las cosas, encontramos cada vez más belleza. Platón y los neoplatónicos enseñaban que la belleza que vemos en la naturaleza es un reflejo de la belleza de lo último, el nous. Para nosotros, también la belleza de las teorías actuales es una anticipación, una premonición de la belleza de la teoría final. Y en cualquier caso, no aceptaríamos una teoría como final a menos que no fuese bella." [14]
De la misma forma, para Cirlot la belleza es la prueba de encontrarse en el centro, en el magma del que surge todo:
 
Empezar otra vida con las bellas
ondas en que se esparce la belleza
del centro de tu ser eternamente. [15]
 
Claro que Cirlot no concibe la belleza al viejo estilo pompier, de una forma aislada y pura. La belleza sólo mana para él en presencia de su contrario, la fealdad o el sufrimiento, de los cuales se nutre, al igual que todo principio de su opuesto. “Sabemos ya ‑afirma‑ con Baudelaire y Rilke que la belleza es lo terrible que no se puede soportar...” [16]
 
 
Una psicología cuántica.
Ahora bien, la ciencia no fue la única puerta por la que Cirlot penetró en los grandes descubrimientos subatómicos de su tiempo. Éstos le llegaron también por Carl G. Jung. Mientras la mayor parte de los filósofos, novelistas, poetas y demás intelectuales andaban prendidos en Freud como si se tratara de lo más novedoso, hacía tiempo que Cirlot había vuelto los ojos a aquel que no sólo contribuyó a fijar las teorías freudianas, sino que las superó en todos los sentidos, trazando una psicología que se corresponde punto por punto con los descubrimiento subatómicos contemporáneos [17] .

Cirlot fue consciente de esta identidad entre psicología junguiana y física subatómica, penetrando los aspectos más desconocidos de esta última (muchos de ellos de futura elaboración) a través de Jung [18] . Es decir, actuó de la misma forma que hace la estética cuántica, pues, en ella, Jung es el camino por medio del cual las teorías matemáticas se transvasan al campo del arte y de la literatura. A Cirlot, que tenía una intuición, capacidad perceptiva y poder de deducción sorprendentes, le bastó con abarcar las teorías junguianas para extraer, por sí mismo, tanto explicaciones de la nueva realidad como los incalculables efectos que se derivan de ellas.
Así, en vida de Cirlot todavía no se habían elaborado las teorías hologramáticas de David Bohm (“el todo está en la parte”) ni el experimento de Aspect (1982) había demostrado la inseparabilidad del universo (los átomos más distantes se influyen recíprocamente,  de modo que el cambio del uno modifica al otro instantáneamente), pero nuestro autor había asumido ya dentro de su estética que, en lo más ínfimo, podía concentrarse el universo entero, o que el objeto más cercano o anodino, puede conducirnos al más lejano e ignoto. En Los restos negros (1970), por ejemplo, muestra cómo el pasado, el presente o el futuro habitan simultáneamente en cada uno de nosotros:
 
Un pedazo de bronce me miró
con sus pupilas negras de otro siglo.
Cantaban coros ciegos por los cielos.
Yo era la Gran Esfinge para siempre.
 
Por ello clama “¿Qué conserva de Hallstatt mi corazón...?”
Todo el Ciclo de Bronwyn, por otra parte, participa de estos postulados. Bronwyn es el arquetipo que hace de la mujer ancestral un eterno presente:
 
Me acaban de matar,
miro hacia donde vi tu aparición
hace mil años ya; pero la sangre
aún sale de mi boca.
 
No hay separación entre Bronwyn y el mundo. Todo remite a ella. En realidad, todo está en todo, como se ve en las siguientes permutaciones, que no son sino un modo de mostrar plásticamente las teorías de la inseparabilidad:
 
Deshecho por las hierbas de los cielos,
de los cielos deshechos de las hierbas
por los deshechos mares en la luz;
 
Por las inmensas hierbas de los mares,
por los mares inmensos de las hierbas... [19]
 
La sexualidad y la arqueología son lo mismo, o, mejor dicho, surgen de lo mismo, de la noción de que en la materia está ello (el secreto de la vida eterna). El Universo es, pues, un magma inseparable, compacto, cuyas partes, como sabiamente nos plasmó Baudelaire, se “cofunden en una tenebrosa y profunda unidad”, en la que “los perfumes, los colores y los sonidos se responden” [20] , estableciendo un infinito campo de correspondencias. El mismo Cirlot afirma:
 

¿Correspondencias? El arte de los monjes irlandeses, en la época anterior al período carolingio y durante éste, arte basado en intrincadas lacerías, en entrelazamientos que constituyen laberintos indefinidos, absolutos, es la mejor prueba de que “en este mundo” ‑y acaso sea ésta su definitiva justificación‑ todo se corresponde, enlaza y comunica. [21]
 
Lo cual se plasma perfectamente en su poesía, no sólo por medio de permutaciones, como hemos visto, sino también recurriendo al simbolismo fonético o a la ligazón de argumentos análogos en el tiempo (partiendo de la idea de que entre ellos hay un mismo origen o Arquetipo).
Pero Cirlot va aún más lejos, aboliendo las fronteras que existen entre materia y espíritu.
Esa misma abolición la han llevado a cabo tanto la física subatómica como la psicología de Jung. Así, la primera piensa que “el mundo está compuesto de materia mental” [22] . Jung acuñó el término psicoide para definir algo que estaría a medio camino entre lo psíquico y la materia, y que sería el origen de ambos, de modo que lo uno podría influir sobre lo otro y viceversa, dando lugar, entre otros fenómenos, a las llamadas sincronías. Existe sincronía cuando un sentido o significado hila varios hechos semejantes de una manera acausal. Cirlot se refiere a ellas tomando prestado de Nerval el término “azar objetivo” [23] . De este modo, todo descansa en una realidad escondida y misteriosa, origen de todos los fenómenos, a la que David Bohm denominó “el orden plegado”. Cirlot hace numerosas veces referencia en su obra a este orden:
 
Surgen, arden, destruyen, se propagan
los órdenes profundos, los ocultos. [24]
 
Es ese orden inaccesible el que le interesa al poeta:
 
Mi reino es lo enterrado donde siempre,
o lo ingrávido, estéril, no finito. [25]
 
También para Cirlot, como para los físicos, en el seno de lo cuántico existe un nada creadora:
 
Como las blancas piedras, lo que yace
emerge con las manos de la nada
en los paisajes de ceniza eterna. [26]
 
Por ello, Cirlot no duda en afirmar con Novalis que “estamos más íntimamente unidos con lo invisible que con lo visible”, comentando a propósito de ello:

Si uno de sus dominios [del hombre] es la superficie del planeta, el otro consiste en las profundidades de su vida. [27]
 
En esas profundidades yace el misterio, a cuyo desvelamiento dedica su labor como poeta. En consecuencia, no dudará en afirmar que “cabe simpatizar más con quienes, como Poe y Nerval, se lanzaron al océano de la bruma de lo imaginario, ‘de lo perdido para siempre’.” [28] Es a este tipo de autores a los que él busca, los que le interesan, autores que ven la realidad “como un dominio mucho más amplio que lo habitualmente admitido por literatos y psicólogos [29] ". Por supuesto, cuando habla de literatos y psicólogos se está refiriendo a aquellos de su época ‑el artículo apareció en 1966‑ cuya estética permanecía anclada bien en el realismo social, bien en la experimentación baldía o en la psicología de Freud. Entre los autores que veían la realidad de un modo más amplio, estaban para él, además de los citados Poe y Nerval, Blake, Shakespeare, Lovecraft, George Trakl, Alexander Blok, Breton y Joyce en literatura; Strawinsky y Schoenberg en música; Gaudí, Miró, Tapies, Cuixart y Picasso en pintura.
En suma, Cirlot busca adentrarse en el seno de un mundo borroso, habitado por elementos ignotos, como reconocen los físicos cuánticos, los cuales recalcan que su modelo es simbólico de una realidad que jamás podrá ser conocida directamente. No otra cosa representan los símbolos para Cirlot, que afirma que “los artistas simbolistas del siglo XIX ‘sabían’ hablar de lo que aún no tiene nombre”. [30] El símbolo es el instrumento, pues, con el que se aprehende lo oscuro, lo inconsciente. De ahí la enorme importancia que cobra para él y que se pone de manifiesto en su atención, por una parte, a los sueños, y, por otra, a la historia de la simbología, que cristaliza en su magistral Diccionario de símbolos.
El sueño constituye para Cirlot una fuente continua de símbolos en la que bebe antes que en los libros o en la historia. De ahí que distinga entre símbolos “culturales y naturales, según que pertenezcan ya al acervo humanístico, hayan sido estudiados, clasificados por los simbólogos, o se produzcan espontáneamente, sea en sueños, poemas o en meras imaginaciones”. [31]
En todas esas facetas, culturales o naturales, entra Cirlot, tanto analizando sus propios sueños como entregándose a sus fantasías en sus escritos poéticos o estudiando la larga tradición  anterior.
Entre los símbolos más relevantes para él, habría que citar el de la cruz, por lo que tiene de coiunctio oppositorum, es decir, por lo que conlleva de síntesis entre lo terrenal y lo divino, entre lo masculino y lo femenino, entre el hombre y el monstruo, lo cual constituye uno de los jalones necesarios en toda individuación (ampliaremos este punto un poco más adelante).
 
El tiempo a nuestro alcance.
En esos dominios subatómicos ignotos e innominados no existen ni el tiempo ni el espacio. Por ejemplo, y desde esta mirada profunda, la muerte significa vida, y la vida es, en realidad, una muerte:
 
En sus labios yo entono este Misterio,
yo niego, yo sollozo, yo bendigo,
y muero cada instante mientras ardo,
vencido por un hierro irresistible... [32]
 
Desde ese dominio, el espejismo del tiempo que padecemos podría, incluso, ser invertido. Si la teoría de la relatividad de Einstein no permitía esta posibilidad,  los nuevos descubrimientos subatómicos ‑y, fundamentalmente, las teorías generadas a partir del ya citado experimento de Aspect, abren completamente la hipótesis de viajar por el pasado o por el futuro. Para Cirlot, un modo de llevar esto a cabo es por medio de la mujer, entendida en un sentido muy distinto del tradicional. Al igual que toda parte negativa tiene su correlato positivo (o al revés), en el interior de cada hombre habita una parte femenina (a la que Jung denominó anima) y en el interior de cada mujer una parte masculina (denominada por Jung animus). Desde el punto de vista masculino de Cirlot, la mujer pondría en contacto su yo racional con el inconsciente atemporal, donde reina el tiempo absoluto. No puede expresarlo mejor en Bronwyn I (1967):
 
Mensajera del más allá, tú vienes
con forma de mujer, pero el abismo
se cierne junto a ti tan dulcemente.
 
 Yendo aún más lejos, la mujer significa para él, al modo del budismo tántrico, un camino hacia la divinidad:
 
En tu torso que el sol desencadena
adoro la ascensión hacia lo divino. [33]
 
Individuación.

La mujer es, en resumidas cuentas, un medio para la individuación, lo cual constituye tanto el motivo central de la estética cuántica como el de la psicología junguiana. Por individuación se entiende la búsqueda de las características propias, únicas e intransferibles de una persona, así como la conjunción de los opuestos psíquicos y de los muchos yoes que habitan en su interior. Que Cirlot sabía esto cabalmente, lo demuestra su artículo ya citado “El pensamiento de Gérad de Nerval” [34] :
 
El hombre es (...) múltiple y la psicología junguiana con su “yo”, anima, personalidad mana, sombra (o sombras) y, en lo más exterior, la “personalidad‑máscara” explica bastante el problema.
Sintetiza Cirlot de este modo algunos de los muchos yoes de que estamos constituidos, y que físicos como Pauli no dudaron en comparar con las diversas partes o capas de un átomo [35] .
La vida de todo hombre es un madurar hacia la individuación. Para ello es necesario pasar por diversas etapas hasta llegar al núcleo, al centro, hasta el punto donde confluyen las líneas perpendiculares que forman la cruz, símbolo como hemos visto tan caro a Cirlot:
 
Me arranco de lo negro hacia lo blanco,
me arranco de lo blanco hacia lo rojo,
de lo rojo me arranco; quiero el oro... [36]
 
Los paralelismos con las diversas etapas alquímicas están claros. Si consultamos su sobresaliente Diccionario de símbolos, el mismo Cirlot nos dice:
 
Las fases esenciales [de la alquimia] se señalaban por cuatro colores, tomados por la “materia prima” (símbolo del alma en su estado original): negro (culpa, origen, fuerzas latentes); blanco (magisterio menor, primera transformación, mercurio); rojo (azufre, pasión); a las que sucedía la aparición del oro. [37]
 
Como Jung supo ver, todo el proceso alquímico no es sino una simbología de la individuación. Es decir, el alquimista proyectaba en la materia su proceso de avance hacia sí mismo. Los cambios exteriores constituían un trasunto de su gradual cambio interior. Por ello, conforme una persona avanza en el tiempo, se da la paradoja de que se produce una degradación y una perfección simultáneas, la primera en el cuerpo, la segunda psíquicamente. En consecuencia, Cirlot contrapone en su obra ruina a  perfección, o dicho de otro modo, sentido frente a entropía:
 
Alabad al Señor como los astros.
Alabad al Señor como los signos.
Entre el llanto y la luz ha sido dicho,
a pesar del silencio del espacio,
a pesar del desorden de lo herido,
a pesar del temblor del infortunio. [38]
 

Esta doble concepción de perfección y ruina informa toda la obra de Cirlot. En la Introducción que Clara Janés hace de su Obra poética [39] , sintetiza estos dos polos como el ser‑dejando‑de‑ser y el renacer eternamente. Y añade: “Toda la obra de Cirlot gira en torno a un mismo tema, un tema bifronte con diversos aspectos o ramificaciones, pasos que el poeta deber realizar para alcanzar aquel punto único en que llegará a ‘ser’.”
Ese “llegar a ser” no es ni más ni menos que la propia individuación, la cual se realiza a través de los obstáculos y trampas, y, como en la alquimia, siguiendo diversos grados.
El sí‑mismo.
¿Pero qué es lo que mueve hacia la individuación? Hay algo en nosotros que nos supera, que nos desborda, que parece tener todas las claves de nuestro futuro. A ese algo, Jung le llamó Self y suele traducirse por sí‑mismo para distinguirlo del yo o pesona o máscara que utilizamos en nuestra vida cotidiana. Cirlot es consciente de ese sí‑mismo que lo habita y que es “otra cosa”:
 
No me identifico con mi ser [40] ; mucho menos con la inteligencia de que dispongo. Yo soy mucho más que yo. Mejor dicho, soy “otra cosa”. [41]
 
Desde un punto de vista subatómico, el sí‑mismo responde a la extraña disposición de la naturaleza de organizarse frente a la entropía en estructuras cada vez más complejas, como si una inconmensurable inteligencia dirigiera el proceso. Lo de inconmensurable no es un adjetivo de adorno. Cuando se muestra en nuestros sueños, el sí‑mismo aparece siempre como algo portentoso, sobrenatural. A veces, incluso adopta la forma del Dios tradicional.
Esa oscura inteligencia o sí‑mismo dirige los pasos de nuestro destino, llevándonos, no por los derroteros que deseamos, sino por aquellos que nos son necesarios para nuestra completitud, es decir, para nuestra individuación. Es lo que constata Cirlot al considerar que el camino hacia el ser está lleno de obstáculos. Pero él se somete de buen grado a ellos y a quien los pone en su camino:
 
Yahvé (...),
descarga en mis andamios el peso de tus llamas.
Dóblegame con hoces, con sueños, con temor
arranca mis entrañas y espárcelas al viento
mientras mi sufrimiento parece una paloma
con los dedos cortados bajo sus aguas mansas. [42]
 
Como hemos señalado anteriormente, el sí‑mismo aparece aquí con la figura de Yahvé. Él pone los obstáculos para que el poeta pueda llegar a su verdadera esencia.
Para Cirlot, la muerte no es sino una abertura hacia ese sí‑mismo:
 

La muerte es una muerta. Vemos exteriormente como forma lo que, en el interior, es luz. La muerte es aquella luz que dice no eternamente siendo . En ella se refugia la belleza de la tierra y la belleza del cielo. La amada es esa muerta que siempre intentará resucitar. [43]
 
Al final, el sí‑mismo es sinónimo de belleza. Tanto la vida como la muerte conducen a esa belleza. El círculo se cierra donde antes habíamos iniciado el camino: La belleza es la prueba del acierto de las teorías sustentadas y del camino recorrido. La belleza es el regalo al final de tanto obstáculo y tantas etapas. De ahí que el arte y la literatura sean necesarios, en último extremo, para expresar la ascesis y su correspondiente plenitud. Es la misma belleza que persigue la estética cuántica en su recorrido por los más complejos y profundos laberintos del acaecer. Una belleza que proviene de la búsqueda, de las equivocaciones, del sufrimiento, de la madurez y de la sabiduría. Al final, debemos concluir con Cirlot que sólo lo imaginario ‑el arte y la literatura‑ pueden dar cabalmente cuenta de las realidades más profundas. En resumidas cuentas, y siguiendo a Cirlot, la estética cuántica es mucho más real que la física cuántica. O, como mínimo, si no estamos de acuerdo con Cirlot, debemos convenir que es la consecuencia irrecusable de la revolución silenciosa que están llevando a cabo los estudios subatómicos. El mejor arte de todos los tiempos ha sido cuántico, pero ahora la ciencia le presta la realidad que las almas timoratas no han querido ver. Cirlot luchó en su tiempo contra la simplificación. La estética cuántica, que recorre el camino abierto por él,  sigue haciéndolo actualmente.
Por ejemplo, Nº 9, abril/septiembre, 1998

[1] Remito para ello a mi libro El cadáver de Balzac, De Cervantes Ediciones, Murcia, 1998.
[2] "Crítica del Surrealismo” en Confidencias literarias, Huerga & Fierro Editores, Madrid, 1996.
[3] Ibídem.
[4] Bronwyn VI, 1969,
[5] Hamlet, 1969. El subrayado es mío.
[6] Bronwyn I, 1967.
[7] Véanse “Las imágenes reprimidas” en 88sueños, Moreno‑Avila Editores, Madrid, 1988.
[8] En 88 sueños, Op. cit.
[9] Véase el artículo citado arriba “Crítica del Surrealismo”.
[10] Cirlot inserta esta cita de Baudelaire en su artículo “La ‘Séraphita’ de Balzac” en Confidencias..., Op. cit.
[11] "Los sentimientos imaginarios” en Confidencias..., Op. cit.
[12] "El pensamiento de Gerad de Nerval” en Confidencias..., Op. cit.
[13] "Contra Mallarmé” en Confidencias..., Op. cit. El subrayado es mío.
[14] Stevens Weinberg, El sueño de una teoría final, Crítica, Barcelona, 1994.
[15] 44 sonetos de amor, 1971.
[16] "Unidad de la poesía a través del tiempo” en Confidencias..., Op. cit.
[17] Jung se relacionó con los físicos cuánticos Erwin Schröedinger, Max Knoll, Pascual Jordan  y, sobre todo, con Wolgfgang Pauli (Premio Nobel de Física en 1945), con el que, además de mantener una correspondencia de casi treinta años (donde ambos se dedicaron a detallar los paralelismos entre la nueva psicología y la nueva física), escribió conjuntamente La sincronicidad como principio de relaciones acausales.
[18] Junto a la ciencia del simbolismo que había aprendido con Marius Schneider.
[19] Bronwyn VII, 1969.
[20] "Correspondances” en Les fleur du mal.
[21] "El retorno de Ofelia” en Confidencias..., Op. cit.
[22] Eddington, “Materia mental” en Cuestiones cuánticas, VVAA, Ken Wilber Ed., Kairós, Barcelona, 1987.
[23] Véase “El pensamiento de Gérad de Nerval” en Confidencias..., Op. cit.
[24] Canto de la vida muerta, 1946.
[25] Bronwyn IV, 1968.
[26] Ibídem.
[27] Confidencias..., Op. cit., pág. 57.
[28] "Los elementos imaginarios” en 88 sueños, Op. cit.
[29] "El pensamiento de Gérad de Nerval” en Confidencias..., Op. cit.
[30] "La mirada humana” en Ibídem.
[31] "Lo comunicable en poesía” en Confidencias..., Op. cit. El subrayado es mío.
[32] "Canto de la vida muerta” en Confidencias..., Op. cit.
[33] Bronwyn Y, 1970.
[34] En Confidencias, Op. cit.
[35] Véase Carl A. Meier, W. Pauli y C. G. Jung. Un intercambio epistolar. 1932-1958, Alianza Editorial, Madrid, 1996, pág. 136.
[36] La ‘Quete’ de Bronwyn, 1971.
[37] "Alquimia” en Diccionario de símbolos, Labor, Barcelona, 1985 (6ª ed.). Las negritas son mías.
[38] "Ha sido dicho” en Cordero del abismo, 1946. El subrayado es mío.
[39] Cátedra, Madrid, 1981.
[40] Aquí hay que entenderlo en el sentido de persona.
[41] Del no mundo, 1969.
[42] En la llama, 1945.
[43] Bronwyn IV, 1968.

3 comentarios:

  1. uf!
    Desgraciadamente, é o único que podo dicir.

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  2. Iso si, un "Uf!" totalmente cuántico.

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  3. Ola Cronopia.
    O primeiro, parabéns polo post Cirlot. Acabo de leer o VI, precisaba leelo con calma porque sabía que ía atopar moita información que xa intuía e que dalgún xeito fun utilizando ó longo da miña vida, sen coñecer a teoría.
    Nalgunhas discrepancias con algún colega, eu usaba a expresión: Todo ten que ver con todo, ante a afirmación; Non ten nada que ver, por exemplo, facíao sen coñecemento cuántico, nin saber da teoría da inseparabilidade.
    O caso é que tratarei de afondar máis nestas materias que propós e debatirémolas cando de lugar.
    Hai un aforismo que se me ocurriu moi novo e vou a compartir:
    "Miña cordura cada vez máis tola ou a miña tolura cada vez máis corda".

    Bicos. JU

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Moitas grazas.