"A imaxe é o vehículo da emoción, é a súa enerxía, e con ela facilítase o acceso á consciencia, é dicir, que toda emoción é factible de transformarse nunha imaxe. Toda imaxe conforma un acto creativo e é por iso que o inconsciente fundamenta a creatividade"
C.G.Jung

“Desde el punto de vista espiritual, el viaje no es nunca la mera traslación en el espacio, sino la tensión de búsqueda y de cambio que determina el movimiento y la experiencia que se deriva del mismo”.
“En consecuencia
estudiar, investigar, buscar, vivir intensamente lo nuevo y profundo, son modalidades de viajar o, si se quiere, equivalentes espirituales y simbólicos del viaje”.
J.E. Cirlot

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miércoles, 21 de marzo de 2012

AD INFEROS

NO SON CUADROS. SON ESPEJOS

Un itinerario simbólico por las páginas de Panace@ Juan V. Fernández de la Gala
http//tremedica.org/panacea.html



Ad inferos (2004). Óleo sobre tabla, 150 x 80 cm

Dice Joan Corominas que la palabra infierno viene del latín inferus, que significa inferior o subterráneo. Y así debe ser, porque cuando los predicadores de antaño intentaban advertir de los terribles castigos que esperaban en el infierno a los malvados, señalaban repetidamente hacia abajo, con el índice bien tieso y el rostro muy serio.

El infierno que describe Dante muestra la topografía desoladora de una torre invertida, de un embudo que se pierde en la profundidad de la tierra. Y la Divina commedia es, en sus inicios, la crónica de un descensus ad inferos, un viaje alucinado y alucinante que se inicia en los nueve círculos que componen el Infierno, continúa luego por los espacios intemporales del Purgatorio y termina en el ámbito luminoso y feliz del Paraíso.

Se ha dicho que en los tercetos de Dante hay hasta cuatro lecturas superpuestas. Jorge Luis Borges, que sentía una fascinación particular por el poeta florentino, era capaz de desvelar algunas más. Sin embargo, los lectores más pedestres nos conformamos solo con seguir, con el corazón en un puño, la peripecia de Dante en busca de Beatriz, llevado de la mano de Virgilio. Nos perdemos, claro, las referencias, expresas o veladas, al mosaico que era la sociedad italiana en los albores del Renacimiento, las dosis de moral escolástica vertidas entre líneas, la crónica en etapas de un itinerario ascético y de un descubrimiento personal o las alegorías de la fe (personificada en Beatriz) y la razón (representada por Virgilio), virtudes que, de puro luminosas, pueden llegar a ser cegadoras.

Algo parecido sucede con los cuadros de Dino Valls, auténticos palimpsestos simbólicos en los que cualquier glosa siempre parecerá incompleta y puede que hasta frívola. Aquí nos muestra Valls su personal visión del canto XIX del Infierno. El anciano, alma triste atrapada boca abajo en los entrepaños del muro, es nada menos que el papa Nicolás III. Dante no dudó en colocarlo entre los moradores del infierno. Su pecado: simonía, es decir, otorgar bienes espirituales a cambio de dinero. El castigo: yacer cabeza abajo en un cubículo estrecho hasta que alguno de sus sucesores viniera a reemplazarlo. Los aficionados a mirar los cuadros con ojo clínico no deben perderse el pene hipospádico y el hallux valgus del pontífice. Por lo demás, la simbología del número tres impregna el cuadro (un muro con tres círculos y tres entrepaños), como impregna también la propia Commedia, una obra dividida tres etapas, cada una con treinta cantos escritos en tercetos. A su lado, el ambiguo personaje enlutado y lloroso, a mí se me antoja que es Dante (y es Eneas y es Ulises y quizá también nosotros mismos). Anda en busca de su Beatriz, perdida y muerta, que es también como decir en busca de Creúsa o de Penélope. Ante sus pies se abre la puerta abismal que da paso al cuarto recinto, en el círculo octavo del infierno. Las ligaduras del temor lo paralizan. Será preciso armarse de valor para romperlas. No tengan miedo y salten, porque lo que el joven Dante no sabe (y yo diré en voz baja para no desvelar lo indesvelable) es que al final de su camino le aguarda una Beatriz luminosa y rediviva, que quizá no sea otra que Dante mismo o lo mejor que hay en Dante. La exploración del inconsciente exige también, como en el viaje de Dante y como en el de Ulises, adentrarse en las propias oscuridades, recorrer los infiernos personales, afrontar con dicha y sin culpa los propios paraísos o soportar este anodino discurrir de purgatorio que es la vida para, al final, llegar a la misma Ítaca de la que partimos. Solo que conociéndola y apreciándola mejor, como sugería Kavafis.

Hades, Averno, Gehena o Tártaro son los nombres que ha recibido el infierno en las distintas culturas y en las diversas tradiciones religiosas. En definitiva, un lugar de oscuridad, de eterna muerte, de fuego para algunos y de hielo para otros, poblado de demonios o habitado solo por el más oscuro olvido. Al cardenal Wojtyła, siendo papa, se le ocurrió un día decir que ese infierno era solo una metáfora y no un lugar concreto. La sugerencia, nacida del sentido común más elemental, no gustó, sin embargo, a algunos apólogos de la condena, que pretendían que llamas y tridentes tenían que ser, por fuerza, tan reales como la maldad de quienes los merecen.
Tengo fe en un Dios bondadoso y cercano y por eso opino, como Küng, que ese infierno no existe, aunque sí el infierno de insolidaria frialdad que, entre todos, construimos en el mundo. Pero, si existiera, qué buen lugar para que fueran allí esos promotores del averno, esos pirómanos de la intolerancia, que tan minuciosamente han querido diseñarlo a su propia imagen y semejanza.

martes, 20 de marzo de 2012

FLOS

Para Graciela : "abrindo caixóns"

NO SON CUADROS. SON ESPEJOS

Un itinerario simbólico por las páginas de Panace@ Juan V. Fernández de la Gala
http//tremedica.org/panacea.html


Flos (2007). Óleo sobre tabla, 122 x 122 cm

Hermosa ejecución la de este cuadro de Valls, con factura hiperrealista y un contenido surrealista, particularmente complejo y rico.

Sublime, una vez más, el magnífico estudio anatómico del dimorfismo sexual humano, que no muestra en este caso la ambigüedad del púber, sino las morfologías ya decididamente adultas de dos jóvenes. La sensualidad cálida que se desprende de los cuerpos está mitigada por la fría estética de museo en la que están inmersos, donde todos los objetos figuran minuciosamente etiquetados, clasificados y catalogados. Hasta ellos mismos sostienen en la mano sus propias etiquetas, que los definen, los numeran y los clasifican.

Lo vegetal y lo animal se distribuyen en el cuadro en perfecto equilibrio de opuestos. En el espacio central, ante la mitad derecha de la cajonera, se nos muestran especímenes vegetales desecados y herborizados, que cuelgan en sus marcos o se extienden por el suelo. No podía faltar la mandrágora, planta rabínica de la fecundidad y hierba mágica donde las haya. La mitad izquierda, en cambio, es el reducto de lo humano, del ser que conoce, nombra y domina a las demás criaturas. En ambos márgenes se disponen, en columna, las radiografías de un lirio y de una pelvis, láminas botánicas e ilustraciones anatómicas de época diversa, dispuestas con buscada simetría. Para acentuar la antítesis, aquí las posiciones se invierten: lo vegetal crece a la izquierda y lo humano a la derecha.

Muchas de esas ilustraciones son perfectamente reconocibles y nos remiten a obras clave de la historia de la medicina y de la ciencia. Ahí están, por ejemplo, las precauciones para la recolección de la mandrágora, tal como aparecen en las versiones medievales de la obra de Dioscórides, o el método de taxonomía vegetal que Carlos Linneo expuso en su Systema Naturae de 1735, basado en la anatomía sexual de la flor.

Dino Valls ha reproducido también en tintas carmesíes dos fragmentos de un viejo diccionario: aparece a la izquierda definido el término flor (o flos, que da título en latín al cuadro) y a la derecha el adjetivo fugaz. Dos términos que se dirían hechos el uno para el otro. A la luz de esta clave, los elementos del cuadro se reorganizan y cobran matices nuevos. Aparece, por ejemplo, la inevitable referencia al paso del tiempo, que hace brotar la flor y luego la marchita, que hace crecer los frutos y los madura en su sazón, que impone el curso de las estaciones e impulsa al hombre a recorrer las etapas de su vida en un lapso que nos puede parecer mortalmente eterno o vitalmente fugaz, según sea el ánimo.

Visto en su conjunto, el cuadro simula un mosaico de 36 teselas iguales, perfectamente cuadradas. En la simbología del médico y alquimista Cornelius Agrippa, esta peculiar estructura de orden seis corresponde al cuadrado mágico del sol, un astro que hoy nos sigue pareciendo igual de mágico, en la medida en que permite la fotosíntesis vegetal y mueve así la rueda bio- másica y bioenergética de los ecosistemas. Hay —se aprecia bien— una clara división del cuadro en dos espacios, separados por una frontera muy neta que recorre el mueble, se prolonga en el zócalo y continúa hasta hender el propio suelo. Y fíjense en cómo el papel transgresor corresponde en este caso a la mujer, que no solo se atreve a tantear este límite con la punta de sus pies, sino que su rostro y su pecho invaden claramente el territorio ajeno. Es difícil no ver aquí una alusión al Génesis bíblico, sus árboles de la ciencia y sus manzanas del pecado original o quizá una referencia a la particular forma femenina de ser, más sensible a lo instintivo, a lo inconsciente y a ese mundo vegetal y primigenio que le es propio. En esta misma línea de interpretación, nótese cómo el extraño tocado masculino oculta las orejas, que en la mujer, sin embargo, quedan expuestas al aire del mundo y permanecen alerta a todas sus señales.
Noten también, nadando en los detalles, las excoriaciones y rasguños en el antebrazo del joven, similares a los que suelen presentar los jardineros. O adviertan el hecho de que ambas figuras sostienen, ocultas a la espalda, unas tijeras de podar, como si de verdad fuesen jardineros de aquel primitivo Edén paradisíaco. Alargada es la hoja de una de ellas, recurvada la otra. Pa- recen referencias sexuales inquietantes y quizá aludan a la castración freudiana o al papel de la ciencia que, en su ejercicio de conocer el mundo, escinde, colecta, secciona y disecciona todo lo que encuentra a su paso. Solo una mirada detenida permite percatarse de que las tijeras son armas incompletas: presentan una sola hoja y la otra mitad de la herramienta cuelga inerme sobre las láminas del margen.
Por lo demás, los veinte cajones numerados esconden en su interior un mundo insospechado de sombras o de maravillas que solo podremos descubrir si, algún día, nos atreviéramos a abrirlos.